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miércoles, 23 de marzo de 2016

A 40 años de la peor dictadura

A 40 años del terror inicial. 

La patria era feliz cuando mandaba la Pantera Militar

Videla presidente firma autógrafos
durante su visita el Colegio San José donde cursó el secundario

La desaparición de personas lleva implícita la desaparición de archivos, documentos, edificios, testigos y cualquier elemento capaz de incriminar a los culpables. Lo único que no puede borrarse es la memoria, que se alimenta del relato de los sobrevivientes y de la conciencia recuperada de la población. Las fotografías de Videla en ejercicio del poder son la contracara de la muerte que circulaba entre las sombras. El ex general Videla lideró el Estado que imaginaron los ideólogos más reaccionarios.



Por Sebastián Plana


Las imágenes del Proceso de Reorganización Nacional que lideró el ex general Jorge Rafael Videla son las imágenes que no están. Muy poco puede verse, ya sea en videos o fotografìas, del rostro auténtico de la fiera desatada que por ese entonces devoró vidas en nombre de la libertad. La eficiencia destructiva de los mentores del apocalipsis argentino obligó a la reconstrucción narrativa del pasado, a la práctica de la memoria por vía de la oralidad, del testimonio de sobrevivientes o testigos directos y a veces al auxilio de archivos extranjeros como los del Departamento de Estado de los EE.UU. La ausencia de registros gráficos exige una práctica introspectiva que pueda dar cuenta de aquella carnicería y por eso son de gran utilidad las únicas imágenes que los dueños de la muerte habilitaron en su momento y pueden encontrarse en diarios y revistas de la época. En el caso de las fotografía es interesante el ejercicio mental que permite la instantánea de una persona o un objeto y que da pie a una serie de asociaciones capaces de construir un relato bien distinto del que puede verse en una primera mirada, ingenua o negligente. Y es allí precisamente, en esa cadena de pensamientos e imágenes que la memoria trabaja sin censura, sin mandones que puedan abortar la construcción de la otra historia, la de los perdedores, las víctimas. Y es también en la sutil mirada, en el rayo profundo que penetra la realidad más allá del recorrido visual ligero, donde podrán encontrarse las aberraciones ocultas para después sacarlas a la luz y entregarlas a la consideración general. Entonces no importa la capacidad de la fotografía de embellecer las situaciones más abyectas, ni siquiera la ausencia de fotos esenciales de un momento histórico y su reemplazo por imágenes falseadas de la realidad o su uso propagandístico. Lo importante es la interpretación de la fotografía, cualquiera sea, porque en la interpretación reside la verdadera fotografía. Nuevamente la memoria, que es redentora y opera en multitud de narraciones, se hará cargo de poner las imágenes en su justo lugar, dentro de la gran memoria social y política que acompaña a los pueblos. En última instancia, la narración le dará el sentido que por sí misma la fotografía no contiene.
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Mirar para adelante
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Videla presidente saliendo del Colegio San José 
La supresión como clave del período de referencia es coherente en casi todos los terrenos. Se suprime el pensamiento, se hace desaparecer a los que piensan, desaparecen las imágenes y queda el vacío. El vacío que quiso llenarse con la fábula de los salvadores de la patria, de quienes impidieron el arrebato del territorio nacional a manos de la delincuencia subversiva. Si la guerra fue librada en nombre de la sociedad agredida –argumentaban los procesistas- no hay mucho que mostrar de la guerra en sí, las imágenes son superfluas, hablan los hechos: el orden impuesto y la tranquilidad, “argentinos a trabajar”. Todo estaba previsto, la desaparición no tendría imagen, de lo contrario podría convertirse en aparición o crimen, “los desaparecidos no están, son un ente”, fue una de las célebres frases que pronunciara públicamente Videla, por lo tanto no hay imágenes, tan solo quedan los viejos retratos de familia, en sepia o blanco y negro, de esos que alguna vez estuvieron. En el mundo de los desaparecedores no hay fotos de las víctimas, se borran sus olores pero también sus perfiles. Tampoco fue necesario conservar imágenes de las batallas victoriosas y mucho menos difundirlas porque era menester ahorrarle al ciudadano común la visión incomprensible del espanto. ¿Qué propósito puede tener el registro de la tortura, la degradación de los infiernos, la agonía, los vuelos postreros? Nada vale la pena en el vacío. No hay que mirar atrás, no habrá imágenes escabrosas del pasado, hay que mirar para adelante, para que en el futuro pueda invocarse la unidad de los argentinos. El pasado sin rostro predispone a ese futuro en la mente de los desaparecedores. Pero la memoria es como el fuego votivo y de sus llamas surgen rumores, diálogos, comentarios que mantienen vivas las voces de los suplicantes, porque toda injusticia clama al cielo y se puede contar la historia completa aunque solo se disponga de las fotos de los verdugos.
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El país recupera la felicidad _________________________________________________________________


Conocer los primeros pasos de Jorge Rafael Videla como mandamás general de la Nación resulta indispensable para ilustrar lo dicho en párrafos anteriores. Su pretendida impronta de militar profesional y hasta democrático, fogoneada por varios medios de prensa de la época, antes y aún después del golpe de marzo de 1976, tuvo su contrapartida fotográfica. No fue casualidad que se lo bautizara la Pantera Rosa (se dice que Massera le estampó el mote felino) por su figura elástica y su carácter silencioso como ese dibujito animado que atrajo multitudes en los años 70. Pudo conservar Videla, en los estadíos iniciales del Proceso una imagen componedora, civilizada, que disimulara las denuncias de sangriento dictador y hasta logró escudarse detrás de la simpática figura para situarse como líder impotente frente a otros jefes militares incontrolables por su crueldad. A partir de las cuatro fotos que se utilizaron para esta reflexión es posible acercarse al personaje y despuntar un breve relato. En tres de ellas Videla viste de civil y sólo en una utiliza ropa militar. Es indistinto, el militar a la luz del día también era rosado, gentil y potable para la mirada común; de esa dualidad, entre el hombre público de manos limpias y el desaparecedor implacable de uniforme se trata este relato. Dos fotos pertenecen a un mismo acto: Videla, poco después de instalarse en el poder concurre al Colegio San José, en la Capital, donde cursó el secundario, a visitar maestras y reunirse con ex compañeros al cumplir 35 años como egresado. En la primera imagen, dentro del colegio, “el flaco” firma sonriente autógrafos de madres agradecidas por la lucha que lleva adelante y en la segunda, a punto de subir al Ford Falcón que lo devolverá a la Casa Rosada rodeado de guardaespaldas y efusivas señoras que estiran sus manos para tocar la humanidad del liberador. Al fondo puede verse a una maestra con sus alumnas, sonrientes, observando la escena desde una ventana de la que se descuelga la bandera argentina. La alegría vuelve al país de la mano de un tipo engominado, prolijo, huesudo, que se muestra a la sociedad como un hombre de clase media, civilizado y católico, de moral intachable. Imagen ideal para acometer la tarea de limpieza ideológica y social más drástica que recuerda la argentinidad. Alumno ejemplar, sin faltas conocidas y alta piedad religiosa, ni siquiera osaba hacerse las escapaditas típicas de otros compañeros, tampoco se lo recuerda por la práctica futbolística. Su punto fuerte era la religiosidad de la que hizo gala desde la conducción del Estado. Un hombre piadoso levanta menos sospecha, oculta con disimulo la ignominia de los campos clandestinos y las desapariciones. Se hacía difícil asomarse al infierno por la puerta de este general honesto, casi recoleto, un hombre religioso sin vuelta. Los antiguos compañeros lo reconocían como un tipo derecho, que iba de frente, y eso de ocultar cadáveres parecía vieja propaganda de los enemigos de siempre. Cualquier milico podía ser pero él no. El “flaco” era incapaz de transgredir, “no tenía calle ni café” como decían las malas lenguas. Claro que la religión tiene dos caras para Videla, como sus dos caras en el uso del poder. Una extraña religión que le permitía matar sin complicaciones, la religión que se consume puertas adentro, entre familiares y amigos, pero sin proyección sobre la realidad política y social, terreno en el que se sentía libre de pecado y podía arrojar al mar a los enemigos. Hasta el Papa Pablo VI destrató al embajador videlino en el Vaticano como repudio a “las desapariciones y asesinatos de personas” y eludiendo los saludos protocolares se solidarizó con “el pueblo argentino que espera una explicación adecuada” frente al accionar demoníaco de las autoridades. Pero el desencanto papal no hizo mella en su fe particular y prefirió apoyarse en las certezas de la doctrina de la seguridad nacional, el nacionalismo conservador, el anticomunismo de la Guerra Fría o la Escuela de las Américas y el Plan Cóndor que daban respuesta a sus necesidades profesionales en un terreno escindido del religioso donde no incomode el retumbar de la conciencia. Los escrúpulos quedarán para la intimidad, en la guerra justa todo vale y Videla no era más que el modelo de varón de una época, un producto acabado de la Argentina injusta y prepotente.
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Primero el deber, después la fe __________________________________________________________________


Dentro de esa corriente el partido militar fue la expresión más descabellada en el ciclo 1930-1983. Y Videla fue uno de los mejores exponentes del período. La foto del militar refiere su adhesión a un profesionalismo reaccionario que no aceptaba la subordinación de las fuerzas armadas al poder civil, por el contrario los partidos políticos y el parlamento debían circular dentro de un sendero estrecho cuyos límites lo marcaban militares como Videla, siempre listos a ejercer su rol histórico como reserva moral de la patria. Pero esa intervención debía contar con respaldo legal, la burocracia militar requiere como ningún otro poder de documentos probatorios. Cuando asaltaron el poder en 1976 lo hicieron en cumplimiento de los decretos de Isabel Perón que ordenaban el aniquilamiento del enemigo subversivo. Una vez más el general Videla cumplía con su deber en los términos que él los entendió, la institución militar lo puso frente a la historia y él supo responder. Se dice que no quería dar el golpe pero la inevitabilidad de las circunstancias lo obligaron a meter el zarpazo, simplemente porque estaba ahí, en la cima del poder y no eludiría su responsabilidad. En esos términos de obligación y responsabilidad, enfrentó en silencio las condenas que la justicia civil le impusiera en 1985. Fue acusado por la comisión de 66 asesinatos, 93 casos de tortura y 306 secuestros. La obediencia debida va y viene en el escalofrío de los crímenes. El reglamentarismo permitía justificar hasta el delirio la irracionalidad criminal. Estaba presente en la formación de los cadetes la inclinación por el formalismo y la vida bajo el prisma exclusivo del cuartel aislaban al militar del cuerpo social. Había sido el primero en esa vida que va de la casa al regimiento y del regimiento a la casa. Militar argentino típico de una época, carente de escenarios bélicos, se regodeaba en los vericuetos estrictos del reglamentarismo, donde la perfección por lo formal era virtud y la lealtad a una institución sin rostro era la norma. Videla hizo pata ancha dentro del esquema, jamás había participado de golpes o planteos, fue un cadete hecho y derecho, puntilloso, de bota lustrada. En palabras de otro militar ex presidente, Alejandro Lanusse, “hacía la venia hasta el cansancio” o como comentaban ex compañeros de armas como el capitán de caballería retirado Mittelbach o el coronel retirado Jaime Cesio (reivindicado por el kirchnerismo) gustaba de los desfiles y del flamear de la bandera. No expresaba sus ideas, era lo que en otros tiempos se llamaba apolítico, no arriesgaba el pellejo, era estudioso aunque no inteligente, inseguro y hasta se sonrojaba ante una broma subida de tono. Difícil reconocer en ese cadete impecable al futuro desaparecedor nacional que alcanzó la dimensión de otros grandes carniceros de la humanidad e ingresó en la peor de las famas.
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Presidente del exterminio _________________________________________________________________


Pero la foto de Videla presidente, en traje, bajando las escaleras de la explanada de la casa de gobierno es reveladora dentro de este breve relato. En ese hombre de traje bien planchado, de mirada punzante, está la clave del dilema. Ese hombre camaleónico que detrás del escritorio presidencial firma decretos de día y da órdenes tenebrosas por la noche. La cobertura institucional de la Rosada, a sus espaldas, es ideal para ejecutar las acciones de los grupos de tarea nocturnos.
La noche no tiene dueño, Videla gobierna el país y “no le constan las torturas ni las desapariciones”, supo decir alguna vez. El presidente puso el orden que la sociedad demandaba, el orden militarista. Más aún, el orden que el Estado demandó y desde esas paredes rosadas cumplió con la peor versión de los dominadores de la Argentina. Aplastó resistencias y edificó el país soñado por el conservadorismo antipopular, lo hizo con los fierros de la noche y con las recetas económicas del digesto liberal. Combinó al distraído, casi ingenuo comandante político del país, con la determinación de quien asesina en frío, como un ingeniero de la solución final. El ambiguo cadete no dudó cuando dispuso del poder absoluto. Accedió a suprimir cuanta manifestación contraria pudiera asomar. Tuvo firmeza para cargarse a miles de personas y después casi a modo de disculpa no solo reconoció que los desaparecidos no están sino que el país pedía a gritos el fin de la violencia ideológica. Él hizo lo que le pidieron “no se podía fusilar”, confesó y tampoco se podía decir dónde estaban los muertos y mucho menos explicar las operaciones clandestinas. Disculpas, inocencia, tirar la piedra y esconder la mano, esa parecía la mejor herramienta del soldado presidente. Aquel hombre que manifestaba a Dios como eje de su vida mató sin piedad y permitió que otros mataran sin culpa bajo sus órdenes. Quizás esa dicotomía es reveladora para interpretar al personaje, si bien muchos hombres fueron malformados en una simbiosis de cristianismo y crimen incomprensibles de la que Videla no es un producto exclusivo. Un hijo y nieto de militares, el coronel retirado Augusto Rattenbach, en el libro El Dictador (Seoane-Muleiro), destaca la paradoja: “habría que hacer un análisis psicológico muy profundo para determinar por qué este hombre casi monjil pasó a ser un energúmeno, a autorizar cosas realmente crueles, despiadadas y ajenas a todo sentido de religión, moral o ética o como se quiera denominar eso que ordenó, permitió o hizo”.


FuentesSeone, Muleiro. El Dictador.
Revista La Semana (fotos)

miércoles, 13 de mayo de 2009

El martirio del coronel
Larrabure: una víctima silenciosa de la violencia setentista

En agosto de 2005 se cumplieron 30 años de la muerte del coronel Larrabure, torturado y asesinado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), luego de un cautiverio de 372 días. La portación de uniforme había sido motivo suficiente para que sus captores lo condenaran a muerte. El militar resaltó desde su cautiverio, en sucesivass cartas, el valor de la unidad nacional para superar la violencia que azotaba a los argentinos. El amor al enemigo y la fidelidad a sus convicciones hacen de Larrabure una personalidad singular, oculta dentro de los pliegues de la identidad nacional.

Por Pablo María Sorondo

Martes por la mañana. Llueve. La multitud, reunida en silencio, soporta el frío y evoca. Pasaron 30 años. A pesar del antipático aguacero, la gente contemplaba la escena en un silencio ceremonial, casi religioso. Fue un acto sencillo, radicalmente distinto a los encuentros proselitistas al que los argentinos están habituados. No hubo bombos ni panfletos ni promesas políticas. Tampoco estuvieron las autoridades esperadas. Fue una manifestación sentida, respetuosa, honrada.
Los asistentes, mirando el busto que recuerda al coronel Argentino del Valle Larrabure, revivieron aquella tarde de agosto de 1975 en que apareció su cuerpo. Un héroe se había perdido; pero dejó, con su martirio, un ejemplo valeroso y un expreso pedido de unión nacional.
El martes 23 de agosto, en la plaza Mitre de la ciudad de Buenos Aires (avenida Libertador y Agüero), uno de los tantos hombres exiliados de los discursos que bogan por una memoria difusa, hizo resonar su nombre en la ciudad que amanecía.
Sin hacer caso al mal tiempo, las 400 personas allí presentes, algunas al borde del llanto, escucharon las palabras del coronel (R) Juan Carlos Moreno, presidente de la promoción 82º del Colegio Militar, a la que perteneció Larrabure. “Nos urge encontrar un verdadero modelo de existencia que esté contenido por un nunca más justo y verdadero. Que abarcando a todos los sectores impida reiterar errores comunes del pasado y contribuya a la cicatrización de heridas fratricidas que aún sangran”, dijo Moreno, conmovido. Cantaron el Himno Nacional, bendijeron una placa y se hizo luego un minuto de silencio.
Fue notable el eco de este suceso. El diario La Nación, en su edición del miércoles 23, dio cuenta del homenaje: “Con un mensaje que promovió la reconciliación nacional y el perdón a todos los actores de la violencia en los años 70, fue recordado ayer el teniente coronel Julio Argentino del Valle Larrabure, asesinado en 1975 por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)”.
Durante las semanas siguientes, la sección Cartas de lectores continuó exhibiendo los sentimientos despertados en muchos ciudadanos pero una fue especial. Una carta que nació del dolor y del amor: “Lo habían torturado, lastimado, lacerado, herido, golpeado, ultrajado y cuantos epítetos se puedan imaginar en las impiadosas «cárceles del pueblo» (...). Pero entendimos, valoramos e hicimos carne el mensaje de perdón y de reconciliación escrito desde el horrendo pozo en los 372 días de cautiverio”.
La carta invoca la esperanza: “Tus amigos y familiares no olvidamos tus palabras y seguimos luchando como hace 30 años, levantamos bien alto tu bandera, la de la paz, la del amor, la de la no violencia, la del reencuentro”. Su autoría corresponde a Arturo Cirilo Larrabure, hijo del coronel, difusor de su martirio, defensor de la memoria completa y promotor de un infatigable reclamo de justicia.
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Santo coronel
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Varios días después del homenaje al padre, desde su casa en la ciudad de Tres Arroyos (provincia de Bs.As.), Arturo Larrabure mira hacia el pasado, como lo ha hecho toda su vida, y recuerda un contexto político que le era ajeno. “En el año 70 yo era muy chico, tenía tan sólo once años. Mis preocupaciones pasaban por otras cosas, mis padres no hablaban de política, nuestra vida de familia era muy linda, tengo hermosos recuerdos”, expresó Arturo.
Tal como suele ser la vida militar, el coronel Argentino del Valle Larrabure anduvo por aquí y por allá sin detener en ningún momento su escalada profesional. Cuando alcanzó el rango de Mayor, lo enviaron a la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María (Córdoba), donde se desempeñó como subdirector. Su vida -más aún, su desenlace- está curiosamente conectada con un santo católico del Renacimiento, el humanista inglés Tomás Moro (1478-1535, autor de Utopía).
Era Tomás leal súbdito de la corona británica y canciller del rey Enrique VIII; pero mucho mayor era su fidelidad con Dios. Por negar la autoridad espiritual del monarca fue encarcelado en la Torre de Londres y acusado de alta traición. Luego de ser condenado ante los tribunales, pasó un año en prisión y le cortaron la cabeza. Desde que el santo se gana la enemistad de Enrique VIII por cuestiones referentes al divorcio, y pese a los repetidos intentos del monarca para sobornarlo (ofreciéndole su libertad), Tomás jamás vaciló y mantuvo su línea de católico anti-reformista, sin reconocer al rey como jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra.
Al igual que el autor de Utopía, el coronel Larrabure recibió de sus captores varias ofertas para recuperar su libertad como canjearlo por cinco miembros del ERP que el Ejército tenía prisioneros o bien trabajar para la guerrilla en su condición de experto en químicos y ayudarlos a confeccionar mejores explosivos. Claro reflejo de aquella conducta del santo, Larrabure prefirió una muerte honrosa: pidió a sus hijos que no odiaran a sus verdugos. Pidió perdón y reconciliación.
Miguel Ángel de Marco, presidente de la Academia Nacional de Historia, advierte cuán difícil es dicha tarea: “San Martín decía que perdonar depende del corazón, y olvidar depende de la memoria. Uno perdona del corazón, pero la memoria no se puede olvidar. En este momento nosotros estamos en una situación que siempre recurrimos a una especie de realimentación de nuestros odios con el tema del grave enfrentamiento a partir de 1976. En esa lucha hubo excesos de ambas partes; tremendos excesos. Evidentemente nadie se va olvidar de eso, pero en un determinado momento la sociedad tiene que dejar de mirar para atrás y no mantenerlo como un elemento para que los argentinos se sigan peleando”.
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Zona de oscuridad
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En julio de 1974, María Estela Martínez de Perón “Isabelita” se había hecho cargo de la presidencia de la nación después de la muerte de su esposo Juan Domingo Perón.
Una vez interrumpido su mandato por la junta de militares procesistas se abrió una de las más oscuras y terribles experiencias del país.
Durante toda la década del 70, como consecuencia de una ola de violencia que se arrastraba –con matices- desde la Revolución Libertadora se produjeron los más infames actos de terrorismo. Fue una guerra disfrazada, oculta, donde los guerrilleros actuaban desde la clandestinidad y el Estado militarizado, al mando del general Rafael Videla, imitaba sus procedimientos.
Pero el drama de Larrabure se inició poco antes de que el terrorismo de estado dominara por completo la escena nacional y los grupos guerrilleros alentaran aún expectativas de victoria.
Eran las once de la noche del 10 de agosto de 1974. Provincia de Córdoba. A un kilómetro de la Fábrica Militar de Explosivos de Villa María, integrantes de la compañía Decididos de Córdoba, grupo liderado por Juan Ledesma, perteneciente al ERP, se apoderaron de un hotel. El número efectivo de los asaltantes no ha sido establecido, pues las versiones varían entre setenta y cien personas.
Se habían alojado como lo haría un cliente cualquiera del hotel. Cerca de la medianoche, salieron de sus habitaciones y apresaron a todas las personas que se encontraban en el lugar. Pero a pesar de la rigurosidad del plan, algo salió mal: una pareja llegó al hotel después del copamiento y se dio cuenta de que algo no andaba bien. Se retiraron prudentemente. Los asaltantes dispararon al auto pero no alcanzaron a detenerlos. La pareja corrió hasta la dependencia policial más cercana, como era de esperarse. El patrullero, confiado en estar tras un delincuente común, se convirtió en partícipe de un tiroteo en el que resultó superado por el fuego de las ametralladoras guerrilleras. Los Decididos se alejaron del hotel llevándose consigo muertos y heridos.
El camino lateral del hotel llevaba a la Fábrica, donde la mayoría de los militares tenía franco y esto causaba una disminución de la seguridad del lugar. La resistencia, inesperada, sería débil y desorganizada. Este dato fue aportado a los invasores por la complicidad de un soldado: Mario Petiggiani, hoy desaparecido.
Cortaron un alambrado y por allí ingresaron. El combate se inició al instante. La guerrilla se dividió en grupos y avanzó hacia los puestos de vigilancia, para reducirlos. En tanto, los soldados recibieron el fuego enemigo por sorpresa. El primero en caer fue el soldado José Carlos Fernández que recibió dos impactos de bala, uno en la cabeza y otro en el tórax. El jefe del regimiento, teniente coronel Osvaldo Jorge Guardone, debió defenderse desde adentro de su casa junto con su mujer.
Como era franco, muchos oficiales recibieron visitas familiares. Los invasores entraron a los gritos al Casino y dieron órdenes a mujeres y niños de arrojarse al piso, boca abajo. Fue entonces cuando Larrabure -luego de identificarse pues vestía de civil- pidió a los atacantes que no agredieran a los indefensos.
Los terroristas lo secuestraron para cubrir la fuga. También habían tomado como rehén al capitán Roberto García, quien ese mismo día fue encontrado vivo en una ambulancia, esposado, torturado y gravemente herido.
El enfrentamiento duró dos horas. Los Decididos de Córdoba huyeron con un camión cargado de fusiles FAL, ametralladoras, pistolas de varios calibres, granadas, municiones y uniformes.
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La cárcel del pueblo
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Larrabure fue trasladado a Rosario. En el barrio San Francisquito, detrás de un negocio modesto, que funcionaba como pantalla, el mayor pasó sus últimos días, sus últimos 372 días. Debajo de un ropero, los captores habían cavado un pozo lúgubre y asfixiante al que llamaban “cárcel del pueblo”. Se accedía por una pequeña escalera, contaba con dos celdas de un metro por ochenta de largo, un metro de ancho y dos de alto.
En esa cucha, Larrabure convivió con un catre, una silla, una mesita y un “inodoro” portátil (un balde bajo una tabla). En ese pozo sin aire, sin luz, en ese lugar desesperante el coronel tuvo que recurrir a su gran ingenio para conservar la cordura y no caer en depresión. Escribió un diario, poesías y cálculos matemáticos, además de varias cartas a su familia.
La posibilidad de volcar su interioridad al papel -sin importarle que éste tuviera el membrete del ERP ni un fondo con el rostro del Che- junto con su inquebrantable fe en Dios, lo mantuvieron en pie. Esta integridad espiritual inquietaba a sus captores, más aún cuando cantaba, a viva voz, el Himno Nacional.
Sin embargo, la salud de Larrabure empeoraba, con frecuentes ataques de asma que nunca fueron asistidos por sus captores. Llegó a perder 40 kilos. El diario del coronel, las páginas que hubiera escrito durante su cautiverio, no puede leerse sin derramar alguna lágrima. Allí da cuenta de sus últimos momentos: alucinando, creyó escuchar la voz de su hija, y siguió el sonido en su busca. Pero de manera inconsciente salió de su celda, trepó escaleras arriba y sorprendió a tres de sus captores sin capuchas. La reacción fue violenta: el coronel alcanzó a dar algunas trompadas y rompió un vidrio. Su debilidad no le permitió hacer más, y los tres terroristas lo redujeron. El coronel despertó luego, algo aturdido, y escribió los hechos en su diario. La descripción se interrumpe de súbito, dejando el relato trunco. En ese momento, los encapuchados habían ido a asesinarlo.
El 23 de agosto de 1975 el cadáver del coronel apareció dentro de una bolsa, en una alcantarilla de la ciudad de Rosario. El informe forense describe los resultados de la autopsia: “En la región fronto–parietal, zona media, una contusión de forma rectangular de 4 por 2 centímetros. Placas apergaminadas en ambas caras internas de las
rodillas, producidas en vida, por compresión. En el tercio medio de pierna derecha, surco que rodea su contorno anatómico, producto probable de ligadura compresiva en vida. En el cuello, surco de estrangulamiento de fondo apergaminado que abarca la totalidad del perímetro, producido presumiblemente por torsión desde atrás, ya que no se observan signos de cianosis en sus extremidades inferiores. En los órganos genitales,
granzona congestiva inflamatoria similar a las provocadas por pasajes de corriente eléctrica. Zona escarificada en el tercio superior del tórax, producida probablemente por la permanencia prolongada en vida en posición decúbito dorsal. En el rostro, hemicara derecha, gran zona de congestión con gran derrame conjuntival en ojo derecho, presumiblemente provocadas por la acción de golpes o choque con o contra cuerpos duros. Manchas de putrefacción en región apendicular, caras anterior y posterior y laterales del cuello y en ambos hombros. Evidentes signos de deshidratación por falta de
líquidos y electrolitos, ratificado por una rebaja de peso superior a 40 kilos”.
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Entrevista con Arturo Larrabure
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Desde su casa en Tres Arroyos, Arturo Larrabure, hijo del coronel, recuerda esos horribles momentos: “Los 372 días de cautiverio son indescriptibles. Nadie se puede imaginar cómo viven un secuestrado y su familia este infortunio. No hay palabras para narrar el horror”.

¿Qué repercusión tuvo el hecho en la sociedad?

La sociedad argentina comprendió definitivamente lo que los terroristas eran capaces de hacer. El concepto de jóvenes idealistas no coincide para nada con la barbarie, la locura y la tortura puesta de manifiesto una vez más. El periodismo prácticamente se olvidó de mi padre después de octubre del 74, salvo Bernardo Neustadt que siempre, semana a semana lo recordaba por su programa de radio. Era una guerra, aprendimos a ser fuertes, nos unimos mucho y estábamos convencidos de que lo liberarían.

¿Qué interés demostró el gobierno por el caso, o la misma Isabel Martínez de Perón?
El gobierno no hizo todo lo que tenía que hacer. Escalamos a la presidente de la Nación pero no accedió a nuestro reclamo. Estando preparada mi madre para entrevistarse el 12 de agosto de 1975 suspendió la entrevista y la postergó; unos días después mi padre apareció muerto. En el sepelio, que fue a cajón abierto, la sociedad argentina pudo ver todo lo que habían hecho de ese hombre alto, fuerte, robusto. La presidente Isabel envió una corona de flores y sus condolencias, pero mi madre hizo retirarlas del lugar y pidió que ella no asistiera al velatorio, que esta vez mi madre no iba a recibirla. Como verás hubo intentos de salvarle la vida, todos fracasaron.

¿Cuál fue el primero de esos intentos?

El primero es el pedido de la guerrilla para canjear a mi padre (por cinco miembros del ERP que estaban prisioneros). El Ejército no accede, nunca accedió, la razón es que si lo hacía, el terrorismo actuaría de esa manera con todos los integrantes de las fuerzas armadas y así será un caos, los ponían presos y los liberaban. Entonces le propusieron a mi padre recobrar su libertad si es que comenzaba a trabajar para las fábricas de armamentos de la guerrilla. En ese entonces existían ocho en plena actividad, eran muy modernas y bien equipadas. Mi padre se opuso terminantemente a recuperar su libertad a cambio de eso. Y el tercer intento es con nosotros, su familia. Tuvimos entrevistas con guerrilleras, eran muy jóvenes. Si uno las viera por la calle no se imaginaría que eran máquinas preparadas para matar y torturar. Estaban dispuestas a todo. Nos hablan del canje por cinco integrantes del ERP. Algunos de ellos hoy están libres, uno me consta que es profesor en la Universidad de Rosario, que obtuvo su libertad en el gobierno de Alfonsín.

Arturo considera que algunas personas pretenden apropiarse del martirio de su padre con finalidades políticas. “Larrabure es del pueblo argentino, no es propiedad exclusiva de nadie; murió como muere un soldado, murió por sus ideales, luchó por ellos hasta el fin. Es un símbolo nacional”, dice con orgullo.
Ese mismo orgullo lo ha llevado a escribir un libro como el mayor homenaje que se le ha hecho. “Siempre me pregunté cómo hubiera sido si la historia de San Martín la escribía su hija, también me formulé el siguiente razonamiento: cuando yo no esté, cuando no viva más, ¿quién se acordará de mi padre?”.
Es también él quien se encarga de contestar, planteando un objetivo: “Debo sembrar, debo contar al mundo su historia, muy triste, muy dura, pero real”.
Y por eso escribe, dice, como una forma de desahogarse; pero también como un deber, un recuerdo, un homenaje. “Es cumplir con el cuarto mandamiento, es el ejemplo que debo dejarles a mis hijos y a todos los hijos de este país. Muchos deben escribir contando la verdad, por más que duela, por más que aún me haga caer las lágrimas”, remata el hijo del coronel.
FOTO: Días felices. Larrabure contrae matrimonio con María Susana de San Martín, diciembre de 1955.